Los mejores Mercados Navideños de Berlín

Acabamos de volver de pasar el puente de Diciembre en Berlín y aquí os quiero hacer un resumen de nuestra experiencia por los mejores mercados navideños de esta estupenda ciudad.

Aunque Berlín tiene muchísimas cosas que ver relacionadas con la historia, el arte, , etc (eso lo dejamos para otro post), en estas fechas se puede hacer una escapada básicamente enfocada en los mercadillos.

La mayoría de estos mercadillos están en el centro de la ciudad, aunque Berlín tiene un sistema de transporte muy eficiente con metro, tranvía y autobuses (las líneas 100 y 200 hacen recorrido por las partes más representativas, por lo que podrían usarse como un autobús turístico low cost). En este listado están ordenados según la distancia a la Alexander Platz, que tomo como centro neurálgico de la ciudad.

  • Alexander Platz

Lo más representativo de este mercado, además de que está justo debajo de la Torre de la Televisión, es su pirámide navideña gigante. Realmente es un bar debajo, donde vendían todo tipo de bebidas frías y calientes (el típico vino caliente o Glühwein, ponches con o sin alcohol, etc). También hay un carrusel de dos plantas muy bonito.

Y una estupenda pista de patinaje. El acceso costaba alrededor de 3-4 euros (incluyendo los patines), dependiendo del turno (eran de hora y media), y hay taquillas para poder dejar los zapatos, abrigos o mochilas. Alrededor de la pista había unas mesas altas donde se puede esperar tomando algo si no te atreves a calzarte los patines.

  • Rote Rathaus

Este mercado está justo al otro lado de la Torre de la Televisión, enfrente del Ayuntamiento Rojo (Rote Rathaus), un edificio precioso de ladrillo. Este es el mercadillo más completo que vimos. Tenía una noria gigante, que daba una visión panorámica de todo el mercadillo; varios carruseles (dependiendo de la edad del niño); unas sillas voladoras; un trenecito para los más pequeños ; y lo más espectacular: una pista de hielo en forma de anillo alrededor de la Fuente de Neptuno. La verdad es que era un entorno mágico, patinar alrededor de la fuente, iluminada por colores, y tener a un lado la Torre de la Televisión y al otro lado la noria gigante.

Este mercado era bastante grande, tenía muchos puestos de comida, bebida y artesanía.

  • Opernpalais

Este mercado era más pequeñito, más íntimo. Alrededor del Palacio de la Opera de Berlín, no tenía más actividades que los propios puestos, pero por eso es ideal para quien busque simplemente pasar un rato con los amigos y disfrutar de un mercado en plan tranquilo. La iluminación y el propio edificio de la Opera, le daban un aire muy bohemio e intimista.

  • Gendarmenmarkt

Como mercado navideño este es el que más me gustó. El entorno era envidiable, en un plaza rodeado por las catedrales francesa y alemana (una enfrentada a la otra, casi gemelas) y el Auditorio de Conciertos. Parecía que te habías trasladado a otra época. Había que pagar para entrar (1 euro los adultos, gratis para los niños) y se formaba un poco de cola para entrar pero merecía mucho la pena. Tiene muchos puestos, de artesanía y comida/bebida, y, a los lados, pequeños chalets para poder comer sentados más tranquilamente (y con menos frío). En uno de estos degustamos una riquísima fondue.

Tenían un escenario donde se hacían actuaciones de música regional, infantil, de humor, etc, así que era bastante entretenido. Es muy popular.

  • Potsdamer Platz

Situado en esta plaza, justo al lado del Sony Center, lo más peculiar es su tobogán de hielo gigante, donde te tiras con un flotador en plan parque acuático. Tenía también unas sillas voladoras y un carrusel, y los puestos típicos. Como entorno no era el más agradable por estar rodeado de edificios altos y modernos.

  • Gedächniskirche

Este es el más alejado al que fuimos, al final del Tiergarten, en frente del Zoo de Berlín. Lo más característico es que está justo debajo de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, con su parte nueva y vieja. Con un ambiente bastante íntimo a pesar de estar rodeado de centros comerciales. Tenía algunas actividades para niños (mini noria), y muchos puestos con lo típico.

Lo típico son los puestos de artesanía y decoración, que son cosas muy bonitas, pero que con la globalización, las puedes encontrar en cualquier sitio ya (casi todo).

Lo más interesante, para mí, es la gastronomía, siendo lo más representativo la currywurst, o salchicha con salsa de curry. Aunque también había por todos lados codillo o unos champiñones. Por la parte dulce, además de las cosas normales tipo goffres, crepes, donuts, etc, descubrimos los quarkbällchen o buñuelos hechos con queso quark, deliciosos!!

Y para terminar os dejo con mi colección de tazas de los mercadillos. Para cada bebida tenías que dejar un depósito que te devolvían al llevar de vuelta las tazas. Bueno, a mi me gustaron y me las quedé de souvenir.

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Espero que os haya gustado este post y que os animéis a descubrir los mercados navideños de Berlin.

Berlin con niños: una escapada perfecta

Este puente de diciembre he realizado una escapadita de 3 días completos a Berlín con mis hijos. Este es el resumen de lo que podéis ver en esas fechas y con niños que ya enteran bien de las cosas (casi 10 y 8 años). También visitamos muchos mercadillos navideños, tan típicos por esta zona, pero eso lo puedes ver en este post.

Berlín es una ciudad muy amable y preparada para ir con niños, vamos children-friendly. Llegamos hasta Tegel con Iberia y nos alojamos, como casi siempre últimamente, usando Airbnb. Elegimos la casa de Gesine, justo al lado de Alexander Platz, así que estábamos muy céntricos.

Berlín es una ciudad extensa pero con una buena red de transporte público. Obviamente, hay autobuses turísticos, pero los autobuses 100 y 200 pueden cumplir esa función en versión low cost, además de la red de tranvías y metro. Los autobuses turísticos suelen terminar muy pronto, por lo que siempre debes complementar con transporte público.

Como estábamos tan cerca de la Alexander Platz, lo primero que hicimos fue visitar la  Berliner Fernsehturm o Torre de la Televisión, donde se asciende a 203 metros en solo 40 segundos hasta su plataforma de observación para tener una vista panorámica de la ciudad de Berlín, aunque la torre mide un total de 365 metros. Dicen que en días claros se puede ver hasta 80 km a la redonda.

Recomiendo comprar las entradas online, porque, además de ser más baratas, te ahorras la cola para comprarlas y luego para entrar. La verdad es que se notan que son alemanes y lo tenían bien organizado, porque una vez compradas las entradas te podían avisar con un SMS media hora antes de que te tocara tu turno.

Justo encima de la plataforma de observación, hay un restaurante giratorio, donde se pueden tomar desde el desayuno a la cena, mientras te das una vuelta por Berlín.

Las vistas desde la Torre es espectacular  y te haces una idea muy buena de la arquitectura de cada una de las dos lados del muro además de ver monumentos impresionantes como la Catedral (abajo, con las cúpulas verdes).

La Torre tiene una historia curiosa, ya que se fue construida en los años 60 por la RDA para poder emitir la televisión pero también para hacer un alarde de fuerza y poderío comunista, ya que la torre se divisa desde casi cualquier punto de Berlín. El tema es que a cierta hora de día, cuando hace sol, se refleja de tal modo que se puede ver una cruz iluminada en la esfera, por lo que los berlineses empezaron a llamarla la revancha del Papa.

En esta época también se podían ver los mercadillos navideños, desde otra perspectiva.

Berlín está unida a la imagen del oso, lo tiene en su bandera y los hay por todos lados: unos 300 Buddy Bär, de los cuales aquí os dejamos una pequeña muestra.

Un atracción interesante para ir con niños es Legoland Discovery Center. Es para niños hasta 10 años, pero los más pequeños se lo pueden pasar pipa. Es todo a cubierto, por lo que es ideal para cuando haga mal tiempo. Se pueden comprar las entradas por la web (y te ahorras algún euro) y también se pueden comprar en conjunto con otras atracciones como el Sea Life (ver más abajo).

Se encuentra en el Sony Center, en la parada de metro de Potsdammerplatz), y a la entrada te recibe una jirafa a tamaño natural hecha de bloques de Lego. Lo curioso es que la entrada se repite luego dentro en el Miniland.

En el Miniland se pueden ver edificios representativos de la ciudad, con algunas animaciones, incluida la que muestra la caída del Muro, con sonido y todo.

Hay un cine en 4D (si, te da el vientecito y todo), una zona para construir un coche con fichas de Lego y luego tirarlo por una pendiente para ver si sobrevive, atracciones como el Dragon Ride o Merlin’s Apprentice, la Misión Espacial para pilotar cohetes o la zona Ninjago, donde se podía entrenar para ser ninja en un campo de rayos láser. También había una zona llamada Fabrik, donde explicaban como se construyen las piezas de Lego, pero la verdad es que la chica fue un poco desaboría.

Es interesante para niños pequeños, que les guste el Lego, y para pasar un rato a cubierto si el tiempo no es bueno. Para los padres está muy bien montado, tiene un bar dentro.

En la zona de la Torre de la Televisión está en Aquadom Sea Life, que la verdad es que me decepcionó un poco, aunque no es caro. Está bien para pasar un rato a cubierto y a los niños siempre les mola ver animalitos.

Lo más llamativo, además de un laberinto de espejos, es el Aquadom, una pecera en un tubo enorme, donde subes con un ascensor por el centro. El Aquadóm está, para ser aún más curioso, en el hall del hotel Blu Radisson.

Desde Potsdammerplatz, tomamos dirección norte, por Ebertstrasse, y llegamos al Monumento al Holocausto. La verdad es que es impresionante como una cosa tan simple (unos simples bloques de hormigón de diferentes tamaños, alineados, en una gran explanada) pueden hacerte sentir tanto. Para los niños fue un gran divertimento, era un laberinto, pero, si sientes el significado, es abrumador.

Siguiendo más al norte por ella calle, llegamos a la Puerta de Brandenburgo, a la que también se puede llegar por la parada de metro que lleva su nombre o por el autobús 100. La Puerta es eso, una puerta, y daba acceso a la ciudad. En la época del Muro quedó en tierra de nadie y por eso fue un gran símbolo de la reunificación, sobre todo por la restauración de su cuadriga.

Justo al lado está el Reichtag o Parlamento Alemán, con su gran cúpula de cristal, que se puede visitar bajo petición.

En la Puerta de Brandenburgo empieza el Tiergarten, el parque más famoso de Berlín, y justo al final, al lado del Zoo de Berlín, está Iglesia Memorial del Kaiser Wilhem o Gedächtniskirche, que realmente son dos edificios. El antiguo, una preciosa edificación del XIX que quedó parcialmente destruida en la Segunda Guerra Mundial por fuego aliado. La torre medía 113 metros y era el edificio más alto de Berlín en la época.

Después de la Guerra se pensó en reconstruirla pero finalmente ganó un proyecto donde se construía otro edificio, una torre toda hueca, cubierta de placas azules, que es una espectacular iglesia. No pudimos verla por dentro porque estaba en obras, pero si vimos la antigua que tiene unos mosaicos en la entrada.

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Justo al otro lado de la ciudad, se puede visitar la East Side Gallery,  el trozo de Muro de Berlín más largo, que se ha convertido en una exposición al aire libre. Durante el derribo, un artista alemán tuvo la idea de convertirlo en un museo de arte urbano al aire libre, y así nació esta galería de 1316 metros con más de 100 obras de artistas de todo el mundo.

Las obras no se cuidaron mucho y 20 años después de su construcción se pidió a los artistas que las hicieran de nuevo, algunos se negaron alegando que debían haberlas cuidado mejor.

Nuestro recorrido fue ir hasta la parada de metro de Warschauer Strasse y ir andando hasta la de Ostbahnhof, siguiendo todo el Muro, pero se puede hacer en sentido contrario.

En ese recorrido nos encontramos justo al comienzo de la East Side Gallery el Oberbaumbrücke, que cruza el río Spree.

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Algunos datos del Muro: fue construido en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961 y estuvo en pie 28 años hasta el 9 de noviembre de 1989. Fue levantado por la RDA para evitar que los ciudadanos del Este emigraran al Oeste. El Muro tenía 160 km, de los cuales 45 dividían Berlín y el resto separaba la parte Oeste de la RDA.

El Muro separaba las dos partes de la ciudad y del país, y ninguna de las dos partes podía viajar al otro lado. Luego se fueron relajando las condiciones y se permitía a ciudadanos del Oeste visitar a sus familiares del Este (hay que tener en cuenta que el Muro se construyó en una noche, dejando a familias separadas). Había 3 puntos de control para pasar de un lado al otro: Alfa, Bravo y Charlie.

Todos hemos visto imágenes en televisión de la caída del Muro, con ciudades de ambos lados, golpeando con todo lo que tenían en su mano. Fue un alivio para Alemania y todo un símbolo para el mundo entero.

En la calle Friedrichstrasse se puede visitar el mítico Check Point Charlie, el único que ha sobrevivido, y donde hay varias exposiciones y actividades sobre el Muro en sus alrededores. Te puedes hacer fotografías con personas vestidas con los uniformes de la época,  sentir cómo pasas de un lado al otro.

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Al terminar la visita a la East Side Gallery en Ostbahnhof, se puede coger la Strasse der Pariser Kommune hasta la Karl-Marx Allee (también se puede ir desde la parada de metro Weberwiese) para ir al Museo de los Videojuegos o Computer Spiele Museum.

Si tú o tus hijos sois unos frikis de los videojuegos desde luego que merece la pena. No solo se ven muestras de consolas y ordenadores desde siempre (empezando por postales con las que se jugaba al ajedrez a distancia) sino que es muy interactivo y se puede jugar a multitud de juegos retros, muy retros, hay una zona de Arcade y también una muestra de la llegada de los videojuegos a los hogares.

También puedes conocer la historia de videojuegos míticos o ver curiosidades de algunos de ellos. Yo, además de rememorar mi adolescencia jugando al Tetris, me frustré mucho por no conseguir pasar de la primera pantalla del Space Invader, y me reí un rato con un juego donde se escribían comandos con MSDos. ¡Qué tiempos aquellos!

Para terminar, uno de los personajes más significativos de Berlín, el Ampelman, que no es otra cosa que el hombrecillo de los semáforos, en su versión roja o verde. Es toda una institución en Berlín, como muestra que tenga tiendas dedicadas totalmente al peculiar  muñeco. Nosotros encontramos dos, una al lado del hotel Blu Radisson y otra en la plaza Gendarmenmarkt.

Espero que os haya gustado nuestra información, que la encontréis útil y que os animeis a conocer esta maravillosa ciudad.

 

 

 

 

 

 

Marrakech a través de los cinco sentidos

Cuando aterrizas en Marrakech y te cuelas en su Medina sufres una avalancha de sensaciones que afectan a todos los sentidos. En primer lugar, parece que hubieras usado una de las puertas del Ministerio del Tiempo y hubieras retrocedido varios siglos: las construcciones, las gentes, las ropas, los medios de locomoción, etc, no concuerdan con lo que estamos acostumbrados a ver en Occidente, lo que constrasta con el batallón de antenas parabólicas que se pueden ver en los tejados.

Marrakech es única, puede parecer muy turística pero lo increíble es que todo, su famosa plaza Yamma El -Fna y sus zocos, no están puestos para el turista, ya que los locales disfrutan de sus maravillas todos y cada uno de los días. Los marraquechíes son muy “callejeros”, viven mucho en la calle, sobre todo con la puesta de sol y hasta horas más tardías de lo que estamos acostumbrados aquí. No puedo dejar de recomendaros que la visiteis y aquí os dejo unas recomendaciones fruto de mi viaje reciente allí, donde me apoyé en la pequeña guía de Lonely Planet “Marrakech de cerca”.

Sobre las practicalities, viajábamos con Rynair, que tiene vuelos muy baratos, y nos alojamos en el Riad Hadda, que reservamos a través de Airbnb. Estaba justo a la salida de la Medina, por lo que había que andar unos 10 minutos hasta la Plaza Yamma El-Fna, pero era un remanzo de paz y el personal fue muy amable y atento.

Se puede reservar el transfer desde y hacia el aeropuerto desde el riad y, aunque es más caro que cogiendo un taxi o un bus, es más directo y te aseguras que no te vas a perder. Dentro de la Medina todo es accesible andando y fuera de ella, si quieres ir a algunos de los jardines o a la Ville Nouvelle, la parte moderna, puedes desplazarte en taxi que son baratos.

Aquí comienza nuestro viaje por los sentidos:

Vista: Marrakech es color, sobre todo en sus zocos, llenos de babuchas, caftanes, bolsos y otros complementos de cuero, cerámica, especias, aceitunas de varios colores, incluso rosas.

Los zocos con un espectáculo en sí, más allá de las ganas o intención de comprar, que también se puede, lo atractivo es el ambiente, las cosas curiosas que puedes comprar y la dinámica del regateo, un verdadero arte que se aprende en las escuelas de comercio. Algunos zocos están al aire libre pero otros están tapados con entramados de caña o incluso con techumbres de madera. Perderse es más fácil en este laberinto de callejuelas, plazoletas, tiendas con doble entrada, pequeños recovecos.

Puedes acceder a los zocos desde la omnipresente plaza Yamma El-Fna, el centró neurálgico de todo el espectáculo. Desde ahi, te encuentras con el primer zoco, donde están los vendedores de aceitunas, que las tienen expuestas de una manera muy apetecible. Aquí puedes adquirir los famosos limones confitados, que usan en la elaboración de la tangia, de la que hablaré más adelante. También hay vendedores de frutas secas, siendo reconocidos los dátiles de la zona.

Por la zona de la plaza de las Especies (Place des Epices) se encuentra una pequeña plaza que antiguamente fue un mercado de esclavos y que ahora ocupa un mercado de ropa de segunda mano. En las calles adyacentes se pueden encontrar pieles reales de cebras, antílopes, jirafas, leopardos, púas de puerco espín, y también animales vivos como camaleones, lagartos o tortugas, e incluso lechuzas.

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Otro de los atractivos de los zocos son sus tiendas de alfombras y tapices, que llenan las paredes de color y alegría. En algunas plazas de los zocos se pueden encontrar pequeños bares con terrazas en sus azoteas que permiten tener una bonita vista de la actividad de la calle.

En definitiva, la experiencia es los zocos ya sola bien merece la visita a Marrakech, es como entrar en otro mundo, lleno de color y cosas por descubrir. Lo que también es una experiencia en sí es tratar con los vendedores, que pueden llegar a ser verdaderamente insistentes y embaucadores. Te puedes agobiar un poco al principio porque basta que fijes tu vista unos segundos en un producto para que ya te metan en el puesto y te empiecen a regatear. A algunos les molestaba mucho que les ignores pero es que no es posible pararse en todos y cada uno de los puestos. Otra treta de los vendedores es no darte un precio desde el principio, sino intentar que vayas metiendo más y más cosas en la cesta de la compra con la promesa de que luego te harán un precio conjunto. El tema es que quieren venderte toda la tienda.

Si estás dispuesto a gastarte solo un poquito más pero quieres ahorrarte todo el agobio, el regateo y la insistencia de los vendedores de los zocos, te recomiendo visitar el Ensemble Artisanal, fuera de la Medina, justo en frente del Cyber Parc (un parque donde puedes tener conexión a Internet). Allí, además de poder ver a algunos artesanos trabajando, los precios son fijos. La verdad es que era un remanso de paz, tiene también una cafetería donde reponer fuerzas, y se puede comprar muy a gusto. También te puede servir para hacerte una idea de los precios justos, porque algunos vendedores de los zocos te pueden soltar una verdadera burrada en su primer precio y solo 2 minutos después habertelo bajado a una quinta parte.

Obviamente, una gran experiencia visual en Marrakech es la declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, la plaza Yamaa El-Fna. Hay varios sitios desde donde se puede tener una panorámica maravillosa pero estas fotos están tomadas desde el Balcón del Gran Café Glacier. Es obligatorio pagar una consumición para poder acceder a la terraza, pero las vistas merecen mucho la pena.

Olfato: Marrakech es un batiburrillo de olores. No sólo por la comida, como veremos más adelante. Los zocos están llenos de especias, siendo la más característica la mezcla Ras- el-hanout, que sirve para hacer mucho de sus platos típicos como el tajín o el couscous, y que, según los vendedores, lo usan las mujeres que no saben cocinar (debe de ser porque las que sí saben se hacen sus propias mezclas). El té verde con menta es otro de los olores que lo impregna todo.

Muy típico de esta zona es el aceite de argán, extraido de la almedrás de los frutos secos del argán, que vale tanto para cocinar (cuando está tostado, con un olor más intenso) como para uso cosmético (no se tuesta y en prensa en frío, con un olor más delicado). Lo venden por todas partes y hay que tener cuidado con la calidad. No es un producto barato de por sí, es escaso y cuesta su producción, por lo que desconfía de los precios excesivamente baratos. Cosméticamente es una maravilla ya que vale tanto para el pelo como para el cuerpo.

Otra curiosidad son los pequeño jaboncitos de ambar, que se pueden usar para el cuerpo pero también para los cajones, aromatizándolos y evitando los insectos.

Gusto: La gastronomía es uno de los platos fuertes (nunca mejor dicho) de Marrakech. Se puede empezar el día en la plaza Yamaa El-Fna tomando un zumo de naranja recién exprimido en algunos de los muchos puestos. El precio es extraordinariamente barato, 4 dirhams, que no llega ni a 50 céntimos. También se pueden tomar zumos multifrutas por 10 dirhams. Los precios eran exactamente iguales en todos los puestos. Los vendedores, normalmente muy amables, te intentan captar desde el puesto saludándote.

En la misma plaza, cuando la tarde cae, empieza su transformación en un gran restaurante callejero. Se despliegan cocinas y mesas, con camareros a la caza y captura de los clientes. Son realmente insistentes y se enfadan si los ignoras. Hay que mentalizarse antes de adentrarse entre los puestos. Finalmente, nos decidimos por uno donde tomamos couscous y la típica tangia. Sencillos pero muy ricos.

Cerca del zoco el Jeld, te puedes encontrar el increíble restaurante Le Jardin. Tiene una puerta a una calle principal, pero tiene también una posterior muy escondida, que parece que estás entrando en algún sitio clandestino. Dentro esconde un verdadero oasis. Un patio lleno de vegetación alrededor del cual se presentan las mesas. El precio es más elevado que otros restaurante pero muy asequible para los españoles, por lo principalmente tenía clientela extranjera (turistas y expatriados).

Pedimos pastilla, el típico hojaldre relleno de pichón y especiado con canela, couscous de pollo, y una deliciosa tarta de queso con gengibre, que no había probado nunca.

Haj Mustapha, justo en el zoco de las aceitunas, es un sitio muy auténtico y local. Por unos pocos dirhams se puede disfrutar de una tangia, carne de cordero especiada y con limones confitados, hecha muy lentamente en un recipiente de cerámica al calor de un hamman. El local era sencillo pero muy agradable.

Y sobre todo tenía una vista espectacular sobre el zoco, que a esa hora era todavía un hervidero de gente, turistas pero sobre todo locales.

Otro restaurante recomendable, aunque sea muy turístico, es Chez Chegrouni, en la misma plaza Yamaa El-Fna, justo en frente de la mezquita. Tiene una terraza muy agradable, los precios son buenos y la calidad muy aceptable. Interesante comer en las mesas que dan justo a la plaza e ir viendo el devenir diario de la misma: los niños que van y vienen del colegio, las madres haciendo la compra, chavales haciendo piruetas a cambio de unas monedas, personas ganándose la vida ofreciendo multitud de cosas a los turistas, etc.

Por supuesto no puede faltar en el apartado dedicado a la gastronomía marroquí, los deliciosos pasteles árabes. Los hay en multitud de sitios, pastelerías o restaurantes. Yo recomiendo, para una experiencia diferente, la Pasteleria Dounia, en el zoco Semmarine, donde puedes comprar los pastelitos normales y también con formas y colores de frutas y verduras muy atractivos.

Oído: Y Marrakech es bullicioso y jaleo. El mayor exponente de esta jolgorio es la plaza Yamma El-Fna. Solo a primera hora de la mañana está más tranquila, luego empieza a llenarse de gente, de los más variopintos estilos: Músicos y bailarines tocando instrumentos y bailando, gente haciendo juegos con botellas de refresco, vendedores que exponen sus productos en el mismo suelo, mujeres con jeringas llenas de henna o alheña dispuestas a tatuarte las manos.

Pero lo que llama poderosamente la atención son los encantadores de serpientes. Tienes que estar atento y escuchar la música de sus flautas o de repente puedes pisar a alguno de los asombrosos especímenes que hay por el suelo. También hay monos, vestidos con trajecitos, para hacerse fotos con los turistas, pero, sinceramente, me daban muchísima pena porque estaban atados y se les notaba muchísimo que no querían estar ahí.

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Las calles de la Medina son también un verdadero bullicio: no parece que haya una izquierda o derecha para conducir, y aunque no haya coches, te puedes encontrar bicicletas, motos, coches de caballos o burros, en el mismo espacio que comparten los transeuntes. Hay que estar muy atento para no ser arrollado por alguno de los vehículos.

Otro de los momentos sonoros de esta ciudad son las llamadas a la oración que realizan los muecíes desde los minaretes o almínares de las mezquitas cinco veces al día. Ponen un toque místico a ese rato, y si coincides en alguno de esos momentos pasando cerca de una mezquita, verás como los hombres incluso se colocan en la calle con sus alfombras y se ponen a rezar. La mezquita más conocida, cuya torre es la más alta de la ciudad, y se ve casí desde cualquier parte, es la Kutubía, que dicen que sirvió de modelo a la Giralda de Sevilla.

Y a igual que Marrakech es bullicio también es paz, se pueden encontrar verdaderos oasis llenos de tranquilidad a unos pocos paso del más estrepitoso escándalo. Paseando por la rue Mouassine nos topamos el Cafe Arabe, al que accedimos por unas escaleras. No podíamos creer lo que nos encontramos: una terraza, estilo chill-out, que a esas horas de la tarde era un remanzo de paz. Por la noche debía ser mucho más animada, ya que vimos que todas las mesas estaban reservadas. No obtante, el sitio era precioso y tenía unas vistas espectaculares de los tejados de la ciudad.

Parecido nos pasó con Le Salama, en la rue des Banques, justo al lado de la plaza. Entramos para tomar algo fresquito y descubrimos una agradable y bonita terraza con unas vistas preciosas. Por la noche tenían espectáculo gratuito de danza del vientre y volvimos a tomar unos cócteles (no en todos los restaurantes y bares sirven alcohol).

En plan más sofisticado recomiento el Piano-bar Les Jardins de la Koutoubia, el bar de este lujoso hotel de 5 estrellas, situado justo al lado de la plaza. Las mesas estaban en torno al jardín de la piscina y era un espacio mágico a pocos pasos del mundanal ruido.

Tacto:  No se puede marchar uno de Marrakech sin probar los maravillosos hammans. Los tradicionales son válidos para una experiencia más auténtica, son muy baratos y compartes con los locales, pero tienen horarios separados para hombres y mujeres. Los nuevos hammas son más al estilo spa occidental, más caros, pero asequibles para un presupuesto español, pero manteniendo el toque y las tradiciones árabes. Recomiendo el Medina Spa, que tienen un plan para parejas, donde primero te dan un baño tradicional, usando el jabón negro y la kessa, o guante exfoliante, y el rassoul, un barro muy hidratante. También te lavan el pelo y la cara. Es toda una experiencia: una señora venga a frotarte y echarte cubos de agua fría y caliente. Sales un poco acelerada pero menos mal que luego hay un masaje de una hora muy muy relajante. Al finalizar te agasajan con un delicioso te (y te regalan el guante para que lo uses en casa). No había tenido la piel más suave en mi vida.

Para experiencias más culturales, se puede visitar la Madraza Ali Ben Youseef, la Maison de la Photographie, el Palacio de la Bahia, el Jardin Majorelle y las Tumbas Saadies. Y pasear por los Jardines de la Menara, muy concurridos los domingos por las familias locales. Pero este viaje ha sido por los sentidos.

Y Marrakech está lleno de gatos, los hay por todas partes, de todos colores y edades. Aquí os dejo unos ejemplos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escapada con niños a Málaga

Esta Semana Santa además de ir a Granada, también estuvimos en Málaga. Aquí os dejo unos consejitos por si decidís visitar esta bonita ciudad.

Una de las partes que se ha renovado recientemente en la capital malagueña es su puerto. El Muelle 1 es un centro comercial al aire libre, donde además de tiendas, puedes encontrar terrazas, restaurantes,… Muy agradable para disfrutar del buen tiempo y con unas vistas estupendas al mar. En la parte de arriba tiene atracciones para los niños: camas elásticas, un pequeño estanque con barcas, jumping, etc.  Y abajo se pueden alquilar bicis o karts para dar un paseo.

Desde ahi justo sale también un trenecito que da un paseo hasta la zona de embarque de los cruceros, pasa por la playa de la Malagueta, justo al lado de la Farola. Era barato y fue un rato divertido para los niños.

El paseo del Muelle 2, junto enfrente de Paseo del Parque, es muy bonito también y tiene pequeños parques y distracciones para los niños (y terrazas para los padres).

Al final del puerto está el faro más conocido como la Farola, que por la noche estaba iluminada y estaba preciosa.

Como un puerto grande, se pueden encontrar distracciones tan interesantes como buques de guerra o grandes transatlanticos de cruceros.

En el Paseo del Muelle 2 se encuentra  Museo Aula del Mar, Alborania, dedicado al Mar de Alborán, un pequeño museo pero bastante interactivo. Los niños pueden cacharrear con algunas cosas, como conducir un barco, generar un remolino de agua. Dan de comer a los peces, y hay algunas cosas curiosas como un calamar de 2 metros.

Una atracción temporal es la Noria Gigante que está situada a la entrada del puerto. Tiene 70 metros de alto y unas cabinas muy cómodas, que daban mucha sensación de seguridad. Fue curioso que nos subimos justo en la celebración de la Hora del Planeta y los principales monumentos estaban apagados por lo que la vista no fue muy espectacular 😉 Tienen tarifas para familias.

El centro de la vida social de Málaga es la calle Larios, muy comercial, pero la callecitas que dan a esa calle son muy bonitas, con restaurantes y bares muy agradables, donde puedes encontrar el típico pescaito o molletes de Antequera, entre otros. Cerca está la Catedral de la Encarnación, de estilo renancentista principalmente, a la que la falta una torre, la sur, y que está construido sobre una antigua mezquita, guardando un huerto de naranjos anexo, para reminiscencia de su pasado musulmán. La portada da a la plaza del Obispo, muy agradable para tomar algo o comer, donde los niños pueden jugar y corretear.

Una de las atracciones estrella de esta deliciosa ciudad es el museo dedicado a su nativo más ilustre, el Museo Picasso Málaga (uno de los dos dedicados al artista junto con la Fundación Picasso Museo Casa Natal).

Para ir con niños es una visita muy interesante si se monta bien. Lo importante es explicarle a los niños qué van a ver, quién era Picasso e involucrarles en la visita. El Museo proporciona unos cuadernillos que se agradecen un montón (ver la parte “Vienes con niños?”). Los cuadernillos hacen a los niños estar pendientes por ir rellenando las preguntas y mostrar más interés, y además a los padres nos ayudan a saber cómo enfrentarse a las pinturas y explicárselas a los niños: ¿qué ves en este cuadro? ¿los colores son alegres o tristes? ¿cómo crees que se sentía el artista cuando pintó este cuadro? ¿a tí cómo te hace sentir?, etc .

El museo  está en el Palacio de Buenavista, del siglo XVI, con una mezcla de estilos renancentistas y mudéjares. Y en el sotano se accede al subsuelo donde hay restos arqueológicos de la antigua Malaka, fundada por los fenicios en el siglo VIII a.C. Se pueden ver restos de casas, de una muralla, y algunas ánforas muy bien conservadas. A este sitio llegamos porque nos lo comentó el vigilante de seguridad, porque no está muy bien señalizado ni informado.

El museo cuenta con una cafetería pequeña pero agradable, que daba a un bonito patio, pero como estaba lloviendo no pudimos disfrutarlo, aunque puede ser un estupendo broche final para esta intersante visita. La tienda también nos pareció muy interesante, con una amplia selección de libros sobre Picasso y cositas para los niños.

Os sugiero ir temprano por la mañana porque cuando nosotros casi no esperamos cola pero al salir había una tremenda. Nosotros fuimos justo después de desayunar en Tejeringos, unos churros con forma redondeada (frente a los madrileños con forma de lágrima). ¡Un gran comienzo del día!

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Otras atracciones para niños en Málaga son el Aeromuseo, muy interesante por lo que me han contado, y el Museo Interactivo de la Música, dónde, como su nombre indica, se puede cacharrear con los instrumentos. Si el tiempo hubiera acompañado podríamos haber visitado el Parque del Cine, en el nuevo barrio de Teatinos, o los Jardines de Pedro Luis Alonso, al lado del ayuntamiento. Y si no hubieramos ido en el mismo viaje a Granada, podríamos haber visitado la Alcazaba y  el Castillo del Gibralfaro. ¡Pero no nos dió tiempo a más!

En cambio, nos dirigimos a la bonita Nerja, a conocer la espectacular Cueva de Nerja. Antes, para desayunar nos acercamos al famoso Balcón de Europa, un alucinante mirador desde el que se tiene una magnífica vista de toda la costa de Nerja. El día, como veis en las fotos, si acompañaba y se estaba genial. En la plaza anexa, al lado de la iglesia, había varias terrazas donde pudimos disfrutar de desayunos tan variados como pan con tomate, crepes con chocolate o huevos revueltos.

Para la cueva, es importante reservar con antelación (se comprar las entradas por la web) ya que está muy concurrida y las visitas son guiadas en horarios cerrados. La Cueva fue descubierta por unos chavales en 1959 y solo un año después fue abierta al público tras ser acondicionada. Declarada Monumento Histórico Artístico en 1961 y Bien de Interés Cultural en 1985, es uno de los monumentos más visitados del país.

La visita se hace con una audioguía, aunque primero muestran un audiovisual sobre el descubrimiento y un poco de historia, y dura aproximamente 1 hora, por la que se van pasando por las diversas salas, cada cual más espectacular. Se ven estalactitas, estalagmitas, columnas, restos de cataclismos, incluso alguna pintura rupestre.  La web pone que no es apto para niños pequeños pero mi sobrina de solo año y medio disfrutó muchísimo, estaba como loca, aunque, eso sí, había que llevarla en brazos, y para los niños más mayores la web ofrece materiales didacticos.

Hay una pequeña tienda de souvernirs, un bar y un restaurante con unas vistas espectaculares hacia la costa.

En definitiva, una pequeña visita a una ciudad que aún tiene mucho que ofrecer y a la que volveremos seguro. ¡Espero que os guste!

 

 

Un fin de semana en Granada en familia

Vivir en España y no conocer Granada es casí un pecado imperdonable. Por eso, por sí seguís siendo unos “pecadores” o por si, a pesar de haber ido ya antes, os apetece volver a visitar esta preciosa ciudad, esta vez, quizás, con retoños, aquí os dejo unos consejitos sacados de nuestra última excursión esta Semana Santa.

Como solemos hacer últimamente, nos alojamos usando Airbnb, y esta vez acercamos de lleno. Antonio fue el perfecto anfitrión de su Casa Picapiedra. ¡Una pasada! Una casa-cueva en pleno Albaicín, decorada con mucho acierto e impecable en limpieza y estado. No puedo dejar de recomendarla, el baño es espectacular e hizo las delicias de los niños (y de los mayores, jeje).

La casa está a 5 minutos andando de Plaza Larga, la plaza más conocida de este barrio (con permiso del famosísimo Mirador de San Nicolás), y desde ahí en 5 minutos más se llegaba a Plaza Nueva. El Albaicín es un precioso barrio de origen musulmán, todo en cuesta, lleno de calles estrechas y lindas casas tradicionales, con su rejas, sus patios, sus macetas en los balcones y sus cármenes (casonas ajardinadas típicas de esta ciudad).

Los cármenes, con sus jardines y huertos abiertos al exterior (con una tapia, pero visibles desde el exterior) hacen el contrapunto de las tradicionales casas musulmanas, donde la vida se desarrolla hacia dentro, siendo de gran importancia los patios interiores con sus fuentes y albercas.

Desde el Albaicín, y no solo desde los conocidos miradores, se ven unas vistas impresionantes de la ciudad y unas puestas de sol alucinantes.

Bajando desde el Albaicín y desembocando en la calle Elvira, nos encontramos con la calle Calderería Nueva, mucho más conocida como “calle de las teterías”, ya que toda ella es una continuación de cafeterías especializadas en los tés de la zona (con nombres tan sugerentes como “Las mil y una noches” o “Sueños de la Alhambra”) y tiendas de souvenirs árabes. En las teterías pueden tomar aparte de tés, dulces árabes, crepes y otros dulces, por lo que es un super plan para ir con niños, porque además la decoración está muy lograda, parece que estuvieras en otro país. También se pueden fumar las típicas pipas de agua o sisha, con o sin tabaco.

Cruzando la Gran Vía de Colón, llegamos a la zona de la Catedral, de estilo renacentista y con una sola torre de las dos proyectadas, digna de una parada. También se puede visitar la Capilla Real donde están enterrados los Reyes Católicos. Y justo en la esquina de la catedra empieza otro barrio típico musulmán, la Alcaicería, formado por estrechísimas callejuelas, repletas de tiendas de souvenirs y artesanía (como la famosa cerámica de la zona o las creaciones de taracea, de madera, nacar o hueso).

No lejos de aqui está en Mercado de San Agustín, donde, además de hacer la compra, se pueden adquirir y consumir allí productos gourmet y cocinados. Cada puesto tiene una especialidad: sushi, frituras de pescado, huevos rotos, fideos chinos, etc. Dentro hay mesas altas y fuera hay una carpa, donde se pueden pedir platos de todos los puestos, hay una carta unificada, y pagar una única cuenta. La verdad es que está muy bien pensado. Eso sí, tardaron un poco en servir, y, como fuera estaba lloviendo a cantaros, pasamos un poco de frío porque tenían las “setas” apagadas.

Desde Plaza Nueva, se puede realizar otro bonito paseo por la Carrera del Darro, bordeando el rio del mismo nombre. Se trata de una de las calles más bonitas del mundo (para que vamos a ser menos modestos), bordeada de restos de casas árabes y palacetes.

Por el camino, puedes encontrarte los baños del Bañuelo, un antiguo hammam del siglo XI, visitables; la iglesia de Santa Ana, y varios conventos donde se pueden adquirir dulces elaborados por monjas de clausura (la experiencia es sí es digna de vivir: comprar dulces a través de un torno).

La Carrera del Darro desemboca en el Paseo de los Tristes, donde hay varias terrazas para tomar algo o comer. Aquí se puede ver muy claramente la Alhambra desde abajo. De hecho, creo que es donde más cerca se puede ver este monumento desde esa posición.

Desde el Paseo de los Tristes sube un callecita estrecha, y tras varios callejeos llegamos al mirador más conocido de Granada, el de San Nicolás, siempre lleno de gente, con puestecillos de artesanía y música en directo con frecuencia. Desde aquí se admira la vista más directa de la Alhambra, con todo su esplendor, y, al fondo, Sierra Nevada.

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En la plaza de San Nicolás recomiendo para tomar algo o comer el bar Kiki, con una estupenda terraza. La caña, con tapa abundante, como marca la zona, y la comida deliciosa (berenjenas a la miel, secreto al estilo sefardí, revueltos, etc). Además fueron muy amables.

Y llegamos al plato fuerte de este viaje, la Alhambra, una ciudad dentro de la ciudad, con sus palacios, jardines y fortaleza. Imprescindible para esta visita es que se compren las entradas con antelación, porque si vas en el mismo día es bastante improbable que vayas a conseguir visitarla. Es gratis para los niños. Hay distintos tipos de entradas, pero si compras para ver los Palacios Nazaríes, tendrás una hora determinada para entrar a visitarlos, mientras que las otras partes son de acceso en horario abierto.

Para subir se puede hacer andando, por la cuesta de Gomérez, desde Plaza Nueva, pero es muy empinado, y con niños no es muy recomendable (incluso para bajar hay que ir con cuidado). Yo recomiendo coger el minibus en la plaza Isabel la Católica, que por 1 euro te sube hasta la misma entrada.

Intentando organizar la visita para los niños, me desgañité buscando algo preparado para ellos pero no encontré más que dibujos para pintar en la web del Patronato, así que me decidí yo a realizar algún material para los niños. Aquí lo podeis descargar por si os interesa (por Google Drive).

La Alhambra se separa en tres grandes bloques: La Alcazaba, los Palacios Nazaríes y el Generalife. Dependiendo de a que hora se tenga la entrada a los Palacios, así se debe organizar el resto de la visita, pero hay que contar al menos con hora y pico para cada parte. Es decir, considera con una mañana o una tarde completa para disfrutar de esta maravilla.

El Generalife era usado por los reyes musulmanes como lugar de retiro y descanso, y está formado por los Jardines Bajos, el palacio del Generalife y los Jardines Altos. Llama la atención la escalera del Agua, seguro que les encanta a los niños. Desde el Generalife, se ve una bonita vista de los Palacios Nazaríes y también del Albaicín.

 

Dejamos atrás el Generalife y nos acercamos a la zona de los Palacios Nazaríes, donde podemos visitar unos antiguos baños árabes y tambien el Palacio de Carlos V, de estilo renancentista, pero que desentona mucho con el entorno.

Luego tenemos la Alcazaba, con su famosa Torre de la Vela (o Vigilia), su medina y el jardín del Adarve. Destacan en esta zona también la Puerta del Vino y la Puerta de la Justicia (que da acceso a todo el recinto), con la mano de Fatima y una llave grabadas.

Y ya podemos pasar a los Palacios Nazaríes, que son tres: el Palacio del Mexuar, el más antiguo, donde se celebraba el Consejo de Ministros; el Palacio de Comares, la residencia del Sultan y donde estaba la sala del trono; y el Palacio de los Leones, el mayor exponente del arte nazarí.

Pasaremos por la sala del Mexuar, reconvertido en oratorio; la fachada de Comares, entrada al harem; el Patio de los Arrayanes, con su hermoso estanque; la sala de la Barca, con la peculiar forma de su techo; la torre de Comares, la más alta, el salón de los Embajadores; o los baños de Comares.

Por todos lados, destacan los hermosos azulejos.

Y los preciosos decorados de yeso, tanto grabados en las paredes, como en forma de mocárabes en los techos, especialmente significativos en la sala de los Abencerrajes.

Y llegamos al archiconocido Patio de los Leones, con la fuente-surtidor y todo el suelo de marmol que reflejan la luz de una manera muy especial.

Después se pasa a las habitaciones de Carlos V (y también usadas por Washington Irving mientras escribía sus “Cuentos de la Alhambra“); se accede al Peinador de la Reina, un bonito pasadillo con una espléndida vista del Albaicín; y al Patio de la Lindaraja, muy diferente a los vistos anteriormente por ser un claustro.

Y al final de la vista, llegamos al majestuoso Partal, donde se puede ver, en su máximo esplendor, el efecto que los nazaríes querían mostrar con sus estanques: el reflejo de sus maravillas, duplicándolas, y haciéndolas aún más hermosas.

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La visita a la Alhambra encantó a los niños, y los mayores, que ya la conocíamos, la disfrutamos aún más.

El segundo gran plato de esta maravillosa ciudad, es su Parque de las Ciencias, donde se puede estar todo un día (se puede salir y volver a entrar). Las entradas se pueden comprar en la web o allí el mismo día.

Destaca su robot en la entrada, con el que se puede interactuar. Incluso antes de entrar había diversos experimentos donde hubo que ir a “arrancar” a los niños, porque no se despegaban.

Tambien se puede subir a la torre de Observación y tener una vista impresionante de todo lo que hemos visitado antes (o vamos a visitar después). Recomiendo subir en el ascensor y bajar andando, porque hay un jueguecito curioso, relacionado con las alturas de plantas y animales.

En otro de los halls se puede encontrar el famoso Péndulo de Foucault, que demuestra el movimiento de rotación de la tierra. Fuera, en el exterior, hay varios experimentos relacionados con la percepción, y también varios juegos mecánicos: carritos que deben propulsar por unos rieles, excavadoras que pueden manejar los niños, canales de agua donde pueden crear sus rios y fuentes.

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Hay una exhibición cortita pero interesante de rapaces.

Y un mariposario con algunas especies preciosas.

Hay muchas exhibiciones permanentes sobre el cuerpo humano o la biosfera, y talleres y espacios donde los niños pueden interactuar y “toquetear” todo.

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De las exposiciones temporales, visitamos SOS: la Ciencia de Prevenir, y los niños se lo pasaron genial probándose cascos de bomberos, e incluso fueron seleccionadas como “azafatas” para hacer una demostración de medidas de seguridad en los aviones.

También había una exhibición temporal sobre el Titanic, y una sobre Frato, que me han comentado que está genial.

En definitiva, se puede estar, como he comentado, todo el día en este Museo de Ciencias, donde, no solo los niños disfrutan. A mi me encantó ver a adolescentes y a adultos probando los experimentos y deseosos de ser sorprendidos.

Un fin de semana no es mucho para disfrutar de esta preciosa ciudad, pero es una buena oportunidad para empezar a descubrirla. Y eso que no he hablado de las tapas… ¿Os animais?

Dublín, vikinga y moderna

Este mes de enero hemos disfrutado de un fin de semana en Dublín y, aunque nos quedaron muchas cosas por ver, puedo decir que se trata de una ciudad única: por conjugar como nadie lo más tradicional con lo moderno y vanguardista; por su gente, lo más mediterráneo que me he encontrado por esas latitudes; y por ofrecer al mismo tiempo una amplia oferta cultural con la diversión asegurada (tan fácil como disfrutar de una Guinness escuchando música en directo en uno de sus tradicionales pubs).

Los dublineses son súper amigables, especialmente amables y acogedores, hablan con todo el mundo, y gritan cual españoles en restaurantes y pubs. ¡Te sientes como en casa! Yo creo que es su pasado vikingo, no en vano fue creada por este pueblo a orillas del rio Liffey en el siglo IX. Se trata de una ciudad portuaria pero que vive volcada al río.

En este río se ve muy claramente esa convivencia de lo más tradicional, con el Ha’Penny Bridge, en referencia al precio a pagar para cruzarlo, con lo más moderno, el vanguadista Samuel Beckett Bridge.

Para empezar, unas practicalities sobre como organizar el viaje. Viajamos con Ryanair, muy barato (70 euros por persona), y nos alojamos, como casi siempre últimamente, con Airbnb (la estancia en casa de Anne fue espectacular, una atención inmejorable, con detalles como flores en la habitación, ¡otra vez como en casa!). Para ir desde el aeropuerto de Dublín, muy moderno y funcional, al centro hay varias companías de autobús pero nosotros usamos la de Aircoach, donde nos atendieron muy bien aunque el conductor tenía un acento bastante peculiar (como muchos lugareños, para algo tienen su propio e indescrifrable idioma, el irlandés, co-oficial con el inglés).

Para ser una ciudad de su tamaño, un poco más de un millón de habitantes, es una ciudad muy tranquila y con una oferta cultural y de ocio brutal. ¡Creo que sería imposible aburrirse allí! ¿Qué otra ciudad tiene entre sus mayores atracciones turísticas un cementerio, el de Glasnevin, y una cárcel, Kilmainham Gaol, al mismo tiempo que ha sido nombrada Ciudad de Literatura por la Unesco? No en vano, Dublín cuenta con 4 premios Nóbel de esta especialidad y con otros grandes escritores, clásicos y actuales, entre ellos Oscar Wilde y Bram Stoker. Poca gente no pensará en James Joyce cuando se nombre Dublín, y a sus famosas novelas Dublineses y Ulises.

Fiel a su nombramiento como Ciudad de la Literatura, uno de sus atractivos es el famoso Libro de Kells, un manuscrito del siglo IX escrito por monjes celtas que se considera una verdadera obra de arte no solo por su gran belleza y su técnica, sino también por ser una pieza clave para el cristianismo celta, ya que contiene los cuatro Evangelios. El libro se visita en el Trinity College, la universidad más antigua de Irlanda, donde uno se siente un poco como en Hogwarts.

Antes de ver el libro se pasa por una pequeña exposición muy interesante donde explican cómo se realizó el libro, las diferencias entre los distintos escribas que lo redactaron, la técnica para realizar los dibujos, las tinturas usadas para los colores, etc. Las láminas y las miniaturas son una preciosidad, de unos colores muy vivos, incluso un poco naives.

Tras visitar el libro, se pasa a la Long Room, la Vieja Biblioteca, dónde me emocioné bastante de lo bonita que era, con sus más de 200.000 libros y sus 65 metros de largo. Suele haber colas para esta visita, aunque no tuvimos que esperar mucho, por lo que se recomienda comprar las entradas por su web.

Lo más visitado de Dublín y símbolo de la ciudad es la Fábrica de cerveza Guinness o Guinness Storehouse. Aquí si recomiendo comprar por adelantado las entradas, porque salen un poquito más baratas por la web pero encima de ahorras una buena cola y un valioso tiempo. La visita se realiza en las propias instalaciones de la fábrica, en un edificio que antiguamente se usaba como fermentadora y que se recicló para las visitas, dándole la forma de un gigantesco vaso de Guinness. Con la entrada, que vale para todo el día, te dan una audioguía multi idioma para que no te pierdas nada de nada. Empieza contando la historia de Arthur Guinness y como el arriesgado emprendedor firmó un contrato de arrendamiento de la fábrica por 9.000 años. Este señor tenía bastante claro que esto iba a funcionar o al menos que tendría todo ese tiempo para intentarlo…

Durante la visita libre te cuentan el proceso de creación de la cerveza Guinness, con su cebada tostada, que le confiere su tono oscuro, su lúpulo, su levadura (criada por ello mismos) y el agua (de Dublín, por supuesto); y las diferentes fases por las que pasan los ingredientes hasta el embotellado, pasando por el hervido, la fermentación, la tonelería, el transporte, etc. Todo en un itinerario muy ameno y didáctico. Puedes dedicar un rato a aprender a tirar una pinta para certificarte “oficialmente”, y luego bebértela, claro. En el complejo hay varios bares donde tomarse una pinta, y en la planta 5 hay un restaurante más elegante, otro más sencillo y un pub tipo tradicional. En la séptima está el famoso Gravity Bar, circular y con una vista impresionante de la ciudad. En la planta baja tienen una tienda de souvenir con casi todo lo que te puedas imaginar con la marca Guinness.

Siguiendo con las bebidas alcohólicas, otra visita muy interesante es a la destilería Old Jameson, en Bow Street, donde originalmente John Jameson creó la fábrica a finales del siglo XVIII. Se trata de visitas guiadas, en inglés, durante unos 40 minutos, donde explican todo el proceso de elaboración del whisky irlandés (diferente del escocés y del bourbon americano por tener 3 destilaciones frente a las dos y una de los otros dos whiskis, respectivamente), con su cebada malteada y no malteada, las destilaciones en la sala de alambiques o el envejecimiento en los toneles de roble, reciclados de oporto o jerez, viendo como se evapora la parte de los ángeles. Luego pasas a una pequeña cata donde pruebas los 3 tipos de whiskis, irlandés, escocés y americano, para apreciar los matices dados por el número de destilaciones y por el hecho de que la cebada se tueste o no con humo (el escocés tiene un olor y sabor muy acentuado a humo por ser la cebada tostada con turba). Y donde te dan, por supuesto, tu certificado de catador. Al final del todo te agasajan con un combinado de whisky (Jameson, of course) con ginger ale (busca la receta en la foto). Personalmente, me encantó.

Dublín es también gastronomía. Lo primero que hice según aterrizamos fue buscar un restaurante tradicional para probar el coddle, un estofado a base de salchicha, tocillo, patata y cebolla, hecho con mimo a fuego lento (eso significa coddling). Y, aunque estaba delicioso, tengo que reconocer que no es la mejor elección para una cena. El restaurante The Woolen Mills era la pura representación de Dublín, tradicional y moderno al mismo tiempo. Conjugaba ser un restaurante con una larga tradición (James Joyce trabajó en él) con un ambiente actual moderno y distendido. El servicio, como en todo Dublín, excelente.

Buscando con un fish and chips tradicional dimos con Leo Burdock, que a pesar de parecer un restaurante de fast food se vanagloriaba de llevar desde 1913 sirviendo el mejor fish and chips de la ciudad. Bastante decente y, además, la propina tenía un objetivo muy loable.

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En The Exchequer, aunque buscábamos un plato tradicional de marisco, que no encontramos, si que dimos con un sitio muy agradable, con un fish and chips renovado pero delicioso y unas exquisitas croquetas de bacon y huevo.

Y como no podía ser de otro modo, buscamos un mercado de comida callejero y vimos que los sábados se celebra en Meeting House Square el Temple Bar Food Market. No fue fácil encontrarlo porque hay que entrar por un callejón al que se accede a un patio de manzana. No era muy grande pero tenía puestos tan interesantes como estos, además de poder tomarse un café con decoración de corazón.

Además de comprar para llevar se podía comer allí y nos decantamos por las mejores ostras que hemos probado nunca. Las que llamaban native, que eran salvajes, resultaron ser deliciosas y con el vino blanco que las acompañaba, un gran acierto como aperitivo. Además te regalaban la fábula de la ostra, que con un granito de arena hacía una perla, ¿qué no podremos hacer nosotros con todo lo que tenemos?

Y Dublín es sobre todo pubs y su ambiente en la zona de Temple Bar. Se trata de una calle con ramificaciones llena de pubs jolgoriosos y llenos de gente. La mayoría tenía música en directo y la gente era muy animada. Claro, que la cerveza no dejaba de correr. Algunos tenían patios para los fumadores, y casi todos eran una sucesión de salas casi laberínticas. En muchos de los pubs se podía comer también. Por esta zona habia rickshaw o triciclos en los que te llevaban cual taxis.

Aunque era enero y el clima no acompañaba, no pudimos dejar de visitar uno de los estupendos parques de Dublín, el Saint Stephen Green, uno de los más antiguos de Irlanda, del siglo XVII, con diversas estatuas y un amplio abanico de flora y fauna. A pesar de la estación, había flores. Un auténtico oasis.

Y por último, un homenaje al patrón de Irlanda, San Patricio, y su Catedral.

Y a su rival, la Catedral de la Santísima Trinidad. Ambas medievales y que montan una escandalera cuando se ponen a tocar las campanas.

Para otra visita, dejaremos los museos, de muy alto nivel y gratuitos.

Así es Dublín, vikinga, tradicional, moderna, vanguardista, acogedora, ruidosas y amables sus gentes, deliciosa, adorable. ¿Será que me he vuelto medio irlandesa?

Bélgica con niños en Navidad

Este año decidimos pasar el puente de Diciembre en Bélgica, en concreto en la zona de Flandes y Bruselas; es una zona preciosa en general pero que cobra especial belleza durante el Adviento por todo el ambiente creado por los mercadillos de Navidad.

Dado que íbamos con 3 niños, decidimos alojarnos usando Airbnb, y alquilamos un coche para los desplazamientos con Rentalcars.

Iniciamos nuestro viaje en Malinas, a medio camino entre Bruselas y Amberes, ciudad de especial relevancia, ya que fue durante un tiempo la capital de los Países Bajos y donde vivió muchos años el Emperador Carlos V. La ciudad es muy coqueta, con la típica arquitectura flamenca y preciosos edificios, sobre todo, en el Grote Markt, o plaza Mayor, donde se monta el mercado semanal. Destaca la Catedral de San Romualdo, con una torre de casi 100 metros a la que puedes subir si te animas con los 500 escalones, y que guarda el secreto de un maravilloso carrillón que tiene la particularidad de tocar no sólo cada cuarto de hora, sino también a la mitad del cuarto de hora, es decir, toca cada 7 minutos y medio. ¿Curioso, no?

Malinas también cuenta con un Museo del Juguete y con un museo dedicado a los Derechos Humanos que recuerda el horror del Holocausto en Bélgica, ya que el cuartel donde se encuentra el museo era la antesala para las deportaciones hacia los campos de concentración y exterminio.

Ese mismo días, partimos hacia Bruselas, a media hora de distancia, y antes de llegar al centro paramos en una de las atracciones estrella del viaje, ya que los niños lo disfrutaron mucho. El Atomium se encuentra en la parte norte de Bruselas, al lado de la Feria de muestras, y del parque de ocio Mini Europe.

El Atomium es un monumento-edificio-estructura, difícil de calificar, sin duda, formado por 9 esferas de 18 metros de diámetro, con la forma, obviamente, de un átomo, en concreto, de cristal de hierro. Se construyó en 1958 con motivo de la Exposición Universal de Bruselas y estaba pensado para durar solo los 6 meses de dicha exposición, pero pronto se convirtió en una atracción turística y en un verdadero símbolo de la ciudad. 3 de las 4 esferas superiores no se pueden visitar porque no tienen soporte suficiente para su seguridad. Desde la esfera inferior, que es un poco más grande, se accede en una ascensor “supersónico” a la esfera superior, desde donde se tiene una excelente vista de la ciudad, y también del Mini Europa, que está justo debajo, y es un parque donde se pueden encontrar reproducciones a escala de los principales monumentos europeos.

Luego vuelves a bajar a la esfera inferior en el ascensor y puedes acceder a las demás esferas a través de escaleras mecánicas, algunas muy “discotequeras”, y normales, a través de los túneles que unen las esferas. Dentro de las esferas hay una exposición permanente sobre la historia del monumento y suele haber otras temporales. Lo interesante, desde mi punto de vista, es el edificio en sí, ver cómo está construido y pasar por los túneles. ¡Los niños querían dar otra vuelta! ¿!!Y es que cuando vas a estar en otro edificio de semejantes características?!!

Debajo del Automium hay una escultura de Arik Levy, llamada RockGrowth, donde se pueden hacer juegos tan divertidos como estos.

Después fuimos al centro de Bruselas y aparcamos en el parking que hay justo debajo de la Plaza de España, con un estatua de Don Quijote y Sancho Panza. Ahí mismo ya había un pequeño mercado de Navidad, y un restaurante donde prometían las auténticas patatas fritas belgas, donde comenzamos el tour de las patatas fritas y los gofres, que duró todo el viaje.

Desde ahí en 2 minutos llegamos a la Grand Place, donde había un gran árbol de Navidad iluminado, un pesebre, y se estaba empezando a iluminar. Más tarde hicieron espectáculos con luces de colores y música. La plaza estaba tan bonita y animada como siempre. Rodeada de edificios muy ornamentados, que eran las casas de los Gremios y el Ayuntamiento con su preciosa torre, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En la esquina de la casa del Cisne siempre hay grupos de visitantes con su guía, escuchando las explicaciones de una escultura que hay adosada a la pared y todo el mundo sobetea. Esa es justo la calle que debes coger para conocer a otro de los símbolos de Bruselas, el Manneken Pis. Una escultura, que a todos sorprende por su reducido tamaño, pero que tiene su “aquel”, un niño meando, pues no sé si hay otras esculturas similares en el mundo. Además suelen disfrazarlo según la ocasión y como era el 5 de diciembre estaba disfrazado de San Nicolás.

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La historia de San Nicolás es bastante curiosa, sobre todo para los españoles. Se celebra en Países Bajos y  Bélgica, sobre todo, pero también otros países y regiones del centro de Europa, como en Alsacia en Francia, donde incluso tienen postres típicos, como los mannalas, unos brioches con forma de hombrecillo. Bueno, Sinterklaas es un obispo, vestido como tal, que viene de España (¿?) montado en un caballo blanco, Amerigo, y acompañado por su paje Zwarte Piet, Pedro el Negro. Trae regalos a los niños, pero la tradición dice que tiene que traer chocolates y mandarinas, que para eso viene de España.

Detrás de la fachada oeste de la Grand Place empezaban los mercados de Navidad, que seguían hasta la plaza de la Bolsa, y luego volvían a aparecer en la zona de la plaza de Sainte Catharine, donde había varios carruseles, una noria gigante, y otras atracciones para niños. En esta zona había también muchos restaurantes de mariscos.

Lo que me llamó la atención de los mercados de Navidad de Bélgica en general es que tienen muchos más puestos de comida que de regalos o adornos de Navidad, y dentro de la comida, había puestos de champán y ostras, que menos mal que no hacía frío porque con la temperatura normal no se si es muy agradable. Para el frío está el famoso Gluhwein o vino caliente con especias, que en cada puesto sabía diferente. En los puestos también se podían encontrar salchichas, con su guarnición de cebolla; los reconocidos gofres, postre nacional belga; cerveza, dicen los belgas que tienen más de 365 clases de cerveza; buñuelos, que no de viento sino muy esponjosos; salmón ahumado in situ; o comida de otras zonas, como la tartiflette, una mezcla de patatas y queso super rica.

Otro día decidimos pasarlo en Gante, a medio camino entre Bruselas y Brujas. Dedicamos un rato a visitar el Castillo de los Condes, que está dentro de la misma ciudad. De estilo medieval, está en muy buen estado, y se pueden visitar las salas, la torre del homenaje y  las murallas. En algunas de sus salas tiene una colección “bastante interesante” de instrumentos de tortura usados en la época de la Inquisición.

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Hay varios mercados de Navidad por toda la ciudad y en la plaza Sint Veerleplein, cerca del castillo, había una noria y una pista de hielo.

Destaca en esta ciudad, además de la catedral de San Bavón y todas las iglesias, el Graslei o muelle de las Hierbas, con un serie de edificios preciosisimos alineados en frente del canal. Es una zona muy animada con terrazas, pero tengo que decir que han puesto unas pasarelas sobre el canal que impiden el reflejo que los edificios  hacían sobre el agua, y rompen un poco la magia del lugar 😦

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En Gante se pueden coger un barquito para dar un paseo por los canales, pero finalmente no nos díó tiempo. Lo que si encontramos de casualidad fue este callejón con estos graffitis tan molones.

En esa zona, comimos en el restaurante Amadeus, especializado en costillas, que, la verdad, estaban muy ricas. Traen un plato con un costillar, una patata asada y ensalada. Es muy abundante pero encima puedes pedir más por el mismo precio.

Finalmente llegamos a la preciosa Brujas, una ciudad que parece recién salida de un cuento. Se trata de una las ciudades medievales mejor conservadas del mundo, es una verdadera preciosidad que constatan cada año 3 millones de visitantes, que la hacen la ciudad belga más visitada, incluso por delante de Bruelas. Era lunes no festivo cuando la visitamos y estaba muy muy animada.

El centro de Brujas es su Plaza Mayor, o Grote Mark, donde esta la torre del Belfort, que se puede visitar para tener una bonita vista de la ciudad después de subir los 365 escalones. En esta plaza había un mercado de Navidad y una pista de hielo muy agradable, ya que estaba al solecito. Los niños patinaban y los adultos tomando vino caliente y más gofres.

El Burg es otra plaza preciosa, que compite con su hermana mayor en belleza. En esta se encuentra la Iglesia de la Santa Sangre, que tiene en verdad una fachada preciosa. Tambien destacan en Brujas la catedral de San Salvador y la Iglesia de Nuestra Señora que tiene la torre más alta de Brujas.

La ciudad es conocida como la “Venecia del Norte” por sus canales, y tengo que reconocer que de todas las “venecias” que conozco es la más parecida a la original, no solo por la cantidad de canales sino por el hecho de que haya casas directamente pegadas a los canales, sin acera, el agua da directamente a la fachada. Un paseo muy agradable por esos canales a través de uno de los barquitos turísticos, que aún en diciembre estaban funcionando (hizo un tiempo de escándalo para la temporada).

Otro paseo muy interesante es en un carruaje de caballos. La verdad es que es un poco caro y en mis anteriores visitas a Brujas no me había decidido a hacerlo, pero siendo 5 al final por persona salía como cualquier otra actividad y nos decidimos a hacerlo. Se cogen los carruajes en Grote Markt, justo en el lado opuesto al Belfort, y dura una media hora, que se reparten en dos tramos, ya que paran unos minutos en la zona del Beaterio y del Lago del Amor, para dar de comer al caballo y que aproveches para ver esa zona. El guía va contando algunas curiosidades de Brujas, pero no son la alegría de la huerta.

El Beaterio o Beguinaje es otra de las curiosidades de Brujas (y de Bélgica y los Países Bajos en general). Una auténtica reminiscencia de la Edad Media. Las beguinas fueron unas mujeres muy adelantadas para su época. Religiosas, pero decidieron no seguir los votos de obediencia, castidad y pobreza, se instalaron en estos complejos de viviendas donde practicaban la caridad. Aún se mantienen en muchas ciudades, bien para servicios de la comunidad, bien como viviendas (como en Amsterdam), pero siempre manteniendo un remanso de paz y tranquilidad en medio de la ciudad.

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Brujas guarda otras curiosidades como tener un Museo y Escuela del Encaje de bolillos, muy apreciado en esta zona; y otros museos dedicados a la Patata Frita (no conozco otro en el mundo) o al chocolate.  Y una tienda donde es Navidad todo el año, Käthe Wohlfahrt, cerca del Beaterio, donde venden decoración navideña alemana. Tienen verdaderas preciosidades.

Os animo a disfrutar de este bonito país, sus ciudades y su gastronomía, no olvides probar los mejillones, otro icono del país.