Cataplana (cazuela portuguesa) de pescado

Tengo que reconocer que los guisos de pescado y éste, en concreto, son mi perdición. Lo conocí en un viaje al Algarve, de dónde es típico, y su nombre «Cataplana» viene del recipiente donde se cocina. Tradicionalmente era una cazuela, tipo paila, de cobre, pero ahora que no está permitido este material se hace de otros metales, como cualquier otra cazuela.

Lo importante, no obstante, de esta receta son los maravillosos y simples ingredientes. A mi me parece que este guiso resucita a un muerto y ese fue el efecto que tuvo en mi, ya que estaba un poco pocha y cuando lo comí me sentí inmediatamente genial 😉

Necesitas:

  • Un kilo de patatas
  • Unos 800 gramos de bacalao fresco en lomos (también se puede usar rape o cualquier otro pescado blanco con cierto grosor, porque si no se deshace)
  • 2 cebollas
  • Medio kilo de tomates maduros pero firmes
  • 1 litro de caldo de pescado
  • Un ramito de cilantro y perejil
  • Aceite, sal y pimienta

Lo primero es pelar la cebolla y cortarla en juliana no demasiado fina. Los tomates se cortan en rodajas. En una cazuela (yo uso un wok porque es lo más parecido en forma a la tradicional cataplana) echar un fondo de aceite y sofreir la cebolla. Cuando vaya cogiendo color, echar los tomates en rodajas y seguir sofriendo.

Mientras tanto, pelar las patatas y cortarlas en rodajas de medio centímetro de grosor. Cuando el tomate esté «mareado», se haya sofrito un poco pero siga mantiendo su forma, echar las patatas y rehogarlas un poco. Añadir sal y pimienta a todo el conjunto y añadir el caldo.

Si hemos comprado un bacalao entero, el caldo es muy fácil de hacer, ya que solo tienes que coger las espinas y al cabeza y cocerlas en agua con un poco de sal y un manojo de perejil (si tienes partes verdes de puerros o cebolletas también puedes echarlos para que de más sabor). Las espinas no deben cocer por más de 40 minutos porque se vuelven tóxicas. Lo ideal es cocerlo por unos 20-25 minutos. Luego se cuela y ya se puede usar.

Si solo has comprado el pescado limpio, puedes usar caldo que hayas hecho anteriormente (se puede congelar de otra vez que hayas hecho para otros platos) o incluso caldo preparado.

Dejamos cocer hasta que las patatas estén casi listas (las pinchas con un tenedor y se pinchan fácilmente pero no se rompen del todo). En ese momento añadimos el pescado en trozos grandes y el perejil y el cilantro picaditos.

Se deja cocer un par de minutos, se apaga el fuego, se tapa y con el calor residual se terminará de hacer, ya que el pescado blanco se hace en muy poco tiempo.

Una delicia… ¡Espero que la disfruteis!

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Galletas de mantequilla: un plan con niños

Fuera hace frío, miras por la ventana y parece Mordor. Ya no sabes qué hacer con los niños. Habéis jugado a mil juegos, leído cientos de libros y las pantallas no son una gran opción. ¿Una idea? ¡Preparad galletas! Además de ser una bonita actividad para realizar juntos, el resultado es no solo comestible sino también delicioso. Y es apto incluso para niños bastante pequeños.

Los ingredientes son tan sencillos que es muy probable que los tengas en casa, así que es un plan fácil de improvisar. Necesitas:

  • 250 gramos de mantequilla
  • 250 gramos de azúcar
  • 2 huevos
  • 500 gramos de harina
  • medio sobre de levadura química
  • granillos de colores, de cholate, lápices de repostería, lo que se os ocurra para decorar. En Lidl tienen buena selección y a muy buenos precios.

Para preparar la masa tienes que haber dejado la mantequilla fuera de la nevera un rato antes, para que esté en textura pomada. Este proceso no puede agilizarse con calor, como un microondas, porque entonces se licúa la mantequilla y la masa no coge la textura adecuada.

Si tienes un robot de cocina, pon en el mismo la mantequilla, el azucar y los huevos y bate a velocidad media-alta. Una vez todo esté homogeneo añade la harina y la levadura y sigue amasando hasta que tenga una textura no pegajosa y bastante densa.

Si no tienes robot de cocina, en un bol grande deshace la mantequilla, añade el azucar y los huevos y ve batiendo hasta que se quede homogéneo. Luego ve añadiendo la harina junto con la levadura, hasta que llegue un momento que tendrás que amasar con las manos. hasta que tenga esa textura no pegajosa y densa.

Lo siguiente es dejar reposar la masa para que coja mas consistencia. Así que haz una bola alargada con la masa y envuélvela en plástico de cocina y dejalá en el frigorífico por unos 30 minutos.

Esta parte la puedes hacer con los niños si ya son un poco mayores  o tenerla preparada y traer a los niños cuando ya esté lista la masa (los pequeños suelen cansarse antes).

Después de los 30 minutos, sacar la masa de la nevera, y partir en porciones para que cada niño la pueda manipular. En una mesa donde hayamos emparcido un poco de harina, ponemos a los niños con un cierto espacio para cada uno y les ponemos a amasar y a estirar la masa con rodillos. Consejo: tener varios rodillos porque tienden a pelearse por ellos 🙂

Una vez la masa está estirada, entre 3-5 milimetros está bien (tampoco son Campurrianas), ya se pueden usar los cortapastas o moldes para darles forma. Los hay de multitud de estilos: formas básicas, de plástico para los más pequeños, navideño, de Halloween, de dinosaurios, de numeros , etc. La idea es hacerlo más atractivo a l@s niñ@s.

Preparar las bandejas de horno con papel sulfurizado para que los niños según van haciendo las formas las vayan poniendo en las bandejas. La decoración, con los granillos, chocolate, lápices de colores, etc se puede hacer directamente en la bandeja y así se pierde menos en el traspaso.

Las galletas se hornean a 170 grados por unos 5-6 minutos. Tened cuidado de poner en cada bandeja las galletas de similar grosor, porque si se mezclan unas se pueden quemar y otras quedar crudas.

Se sacan y a los pocos minutos se pueden comer. ¡A disfrutar!

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Pollo al curry con arroz thai, sencillo y rico, y apto para niños

Hoy os presento una receta muy sencilla, pero rica y nutritiva. La preparaba antes de tener hijos porque me encantaba, pero también se la preparo muchas veces a ellos porque lo devoran. Ya sabemos que los niños se pirran por el arroz, pero encima aqui toman frutas y verduras.

Necesitamos:

  • 500 gr de contramuslos deshuesados y sin piel
  • 2 manzanas
  • Media cebolla grande o una pequeña
  • 1 bote (400 ml) de leche de coco
  • 2-3 cucharadas de curry en polvo
  • 200 gr de arroz basmati o thai
  • un puñadito pequeño de pasas
  • sal y aceite

En primer lugar, ponemos un fondo de aceite en una cazuela baja. Solo lo justo para cubrir el fondo. El aceite puede ser de oliva o también usar uno de semillas para wok, como el de sésamo. Cuando esté caliente ponemos los contramuslos, salpimentados, para sellarlos un poco. También se puede usar filetes gorditos de pechuga pero sale menos jugoso.

Mientras los contramuslos se sellan un poco, vamos pelando las manzanas y las cortamos en trozos. No hace falta que sean pequeños. Cortamos tambien las cebollas en trozos similares.

Cuando los contramuslos hayan cogido color, echamos las manzanas y la cebolla y lo salteamos un poco. Luego ponemos la tapa y lo dejamos cocer por unos 5-6 minutos.

Pasado ese tiempo, echamos el polvo de curry (la cantidad según el sabor que nos guste pero mínimo 2-3 cucharadas) y la leche de coco. Removemos bien y dejamos cocer destapado por espacio de 15 minutos. Apagamos el fuego y dejamos reposar un poco.

Mientras el pollo está cociendo con la manzana, preparamos el arroz. Primero lo lavamos bien, para que suelte el almidón, ya que queremos que quede suelto. Lo ideal es no echarle sal para no quitar sabor a este arroz que es muy aromático. Cuando el agua del lavado salga clara lo ponemos en una olla y añadimos agua (3-4 veces la cantidad de arroz). Cocer durante unos 12 minutos y un par de minutos antes de ese tiempo añadir el puñadito de pasas para que se hidraten.

Una vez el pollo ha reposado y se ha enfriado un poco, sacamos los contramuslos y los cortamos en trocitos de bocado. La salsa la trituramos con una batidora de mano, de vaso o un robot de cocina. Incorporar de nuevo el pollo con la salsa en la cazuela y dejar cocer durante un par de minutos.

Servimos en un plato el pollo con su salsa y el arroz de acompañamiento ¡Y ya tenemos este delicioso plato!

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Dublín, vikinga y moderna

Este mes de enero hemos disfrutado de un fin de semana en Dublín y, aunque nos quedaron muchas cosas por ver, puedo decir que se trata de una ciudad única: por conjugar como nadie lo más tradicional con lo moderno y vanguardista; por su gente, lo más mediterráneo que me he encontrado por esas latitudes; y por ofrecer al mismo tiempo una amplia oferta cultural con la diversión asegurada (tan fácil como disfrutar de una Guinness escuchando música en directo en uno de sus tradicionales pubs).

Los dublineses son súper amigables, especialmente amables y acogedores, hablan con todo el mundo, y gritan cual españoles en restaurantes y pubs. ¡Te sientes como en casa! Yo creo que es su pasado vikingo, no en vano fue creada por este pueblo a orillas del rio Liffey en el siglo IX. Se trata de una ciudad portuaria pero que vive volcada al río.

En este río se ve muy claramente esa convivencia de lo más tradicional, con el Ha’Penny Bridge, en referencia al precio a pagar para cruzarlo, con lo más moderno, el vanguadista Samuel Beckett Bridge.

Para empezar, unas practicalities sobre como organizar el viaje. Viajamos con Ryanair, muy barato (70 euros por persona), y nos alojamos, como casi siempre últimamente, con Airbnb (la estancia en casa de Anne fue espectacular, una atención inmejorable, con detalles como flores en la habitación, ¡otra vez como en casa!). Para ir desde el aeropuerto de Dublín, muy moderno y funcional, al centro hay varias companías de autobús pero nosotros usamos la de Aircoach, donde nos atendieron muy bien aunque el conductor tenía un acento bastante peculiar (como muchos lugareños, para algo tienen su propio e indescrifrable idioma, el irlandés, co-oficial con el inglés).

Para ser una ciudad de su tamaño, un poco más de un millón de habitantes, es una ciudad muy tranquila y con una oferta cultural y de ocio brutal. ¡Creo que sería imposible aburrirse allí! ¿Qué otra ciudad tiene entre sus mayores atracciones turísticas un cementerio, el de Glasnevin, y una cárcel, Kilmainham Gaol, al mismo tiempo que ha sido nombrada Ciudad de Literatura por la Unesco? No en vano, Dublín cuenta con 4 premios Nóbel de esta especialidad y con otros grandes escritores, clásicos y actuales, entre ellos Oscar Wilde y Bram Stoker. Poca gente no pensará en James Joyce cuando se nombre Dublín, y a sus famosas novelas Dublineses y Ulises.

Fiel a su nombramiento como Ciudad de la Literatura, uno de sus atractivos es el famoso Libro de Kells, un manuscrito del siglo IX escrito por monjes celtas que se considera una verdadera obra de arte no solo por su gran belleza y su técnica, sino también por ser una pieza clave para el cristianismo celta, ya que contiene los cuatro Evangelios. El libro se visita en el Trinity College, la universidad más antigua de Irlanda, donde uno se siente un poco como en Hogwarts.

Antes de ver el libro se pasa por una pequeña exposición muy interesante donde explican cómo se realizó el libro, las diferencias entre los distintos escribas que lo redactaron, la técnica para realizar los dibujos, las tinturas usadas para los colores, etc. Las láminas y las miniaturas son una preciosidad, de unos colores muy vivos, incluso un poco naives.

Tras visitar el libro, se pasa a la Long Room, la Vieja Biblioteca, dónde me emocioné bastante de lo bonita que era, con sus más de 200.000 libros y sus 65 metros de largo. Suele haber colas para esta visita, aunque no tuvimos que esperar mucho, por lo que se recomienda comprar las entradas por su web.

Lo más visitado de Dublín y símbolo de la ciudad es la Fábrica de cerveza Guinness o Guinness Storehouse. Aquí si recomiendo comprar por adelantado las entradas, porque salen un poquito más baratas por la web pero encima de ahorras una buena cola y un valioso tiempo. La visita se realiza en las propias instalaciones de la fábrica, en un edificio que antiguamente se usaba como fermentadora y que se recicló para las visitas, dándole la forma de un gigantesco vaso de Guinness. Con la entrada, que vale para todo el día, te dan una audioguía multi idioma para que no te pierdas nada de nada. Empieza contando la historia de Arthur Guinness y como el arriesgado emprendedor firmó un contrato de arrendamiento de la fábrica por 9.000 años. Este señor tenía bastante claro que esto iba a funcionar o al menos que tendría todo ese tiempo para intentarlo…

Durante la visita libre te cuentan el proceso de creación de la cerveza Guinness, con su cebada tostada, que le confiere su tono oscuro, su lúpulo, su levadura (criada por ello mismos) y el agua (de Dublín, por supuesto); y las diferentes fases por las que pasan los ingredientes hasta el embotellado, pasando por el hervido, la fermentación, la tonelería, el transporte, etc. Todo en un itinerario muy ameno y didáctico. Puedes dedicar un rato a aprender a tirar una pinta para certificarte «oficialmente», y luego bebértela, claro. En el complejo hay varios bares donde tomarse una pinta, y en la planta 5 hay un restaurante más elegante, otro más sencillo y un pub tipo tradicional. En la séptima está el famoso Gravity Bar, circular y con una vista impresionante de la ciudad. En la planta baja tienen una tienda de souvenir con casi todo lo que te puedas imaginar con la marca Guinness.

Siguiendo con las bebidas alcohólicas, otra visita muy interesante es a la destilería Old Jameson, en Bow Street, donde originalmente John Jameson creó la fábrica a finales del siglo XVIII. Se trata de visitas guiadas, en inglés, durante unos 40 minutos, donde explican todo el proceso de elaboración del whisky irlandés (diferente del escocés y del bourbon americano por tener 3 destilaciones frente a las dos y una de los otros dos whiskis, respectivamente), con su cebada malteada y no malteada, las destilaciones en la sala de alambiques o el envejecimiento en los toneles de roble, reciclados de oporto o jerez, viendo como se evapora la parte de los ángeles. Luego pasas a una pequeña cata donde pruebas los 3 tipos de whiskis, irlandés, escocés y americano, para apreciar los matices dados por el número de destilaciones y por el hecho de que la cebada se tueste o no con humo (el escocés tiene un olor y sabor muy acentuado a humo por ser la cebada tostada con turba). Y donde te dan, por supuesto, tu certificado de catador. Al final del todo te agasajan con un combinado de whisky (Jameson, of course) con ginger ale (busca la receta en la foto). Personalmente, me encantó.

Dublín es también gastronomía. Lo primero que hice según aterrizamos fue buscar un restaurante tradicional para probar el coddle, un estofado a base de salchicha, tocillo, patata y cebolla, hecho con mimo a fuego lento (eso significa coddling). Y, aunque estaba delicioso, tengo que reconocer que no es la mejor elección para una cena. El restaurante The Woolen Mills era la pura representación de Dublín, tradicional y moderno al mismo tiempo. Conjugaba ser un restaurante con una larga tradición (James Joyce trabajó en él) con un ambiente actual moderno y distendido. El servicio, como en todo Dublín, excelente.

Buscando con un fish and chips tradicional dimos con Leo Burdock, que a pesar de parecer un restaurante de fast food se vanagloriaba de llevar desde 1913 sirviendo el mejor fish and chips de la ciudad. Bastante decente y, además, la propina tenía un objetivo muy loable.

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En The Exchequer, aunque buscábamos un plato tradicional de marisco, que no encontramos, si que dimos con un sitio muy agradable, con un fish and chips renovado pero delicioso y unas exquisitas croquetas de bacon y huevo.

Y como no podía ser de otro modo, buscamos un mercado de comida callejero y vimos que los sábados se celebra en Meeting House Square el Temple Bar Food Market. No fue fácil encontrarlo porque hay que entrar por un callejón al que se accede a un patio de manzana. No era muy grande pero tenía puestos tan interesantes como estos, además de poder tomarse un café con decoración de corazón.

Además de comprar para llevar se podía comer allí y nos decantamos por las mejores ostras que hemos probado nunca. Las que llamaban native, que eran salvajes, resultaron ser deliciosas y con el vino blanco que las acompañaba, un gran acierto como aperitivo. Además te regalaban la fábula de la ostra, que con un granito de arena hacía una perla, ¿qué no podremos hacer nosotros con todo lo que tenemos?

Y Dublín es sobre todo pubs y su ambiente en la zona de Temple Bar. Se trata de una calle con ramificaciones llena de pubs jolgoriosos y llenos de gente. La mayoría tenía música en directo y la gente era muy animada. Claro, que la cerveza no dejaba de correr. Algunos tenían patios para los fumadores, y casi todos eran una sucesión de salas casi laberínticas. En muchos de los pubs se podía comer también. Por esta zona habia rickshaw o triciclos en los que te llevaban cual taxis.

Aunque era enero y el clima no acompañaba, no pudimos dejar de visitar uno de los estupendos parques de Dublín, el Saint Stephen Green, uno de los más antiguos de Irlanda, del siglo XVII, con diversas estatuas y un amplio abanico de flora y fauna. A pesar de la estación, había flores. Un auténtico oasis.

Y por último, un homenaje al patrón de Irlanda, San Patricio, y su Catedral.

Y a su rival, la Catedral de la Santísima Trinidad. Ambas medievales y que montan una escandalera cuando se ponen a tocar las campanas.

Para otra visita, dejaremos los museos, de muy alto nivel y gratuitos.

Así es Dublín, vikinga, tradicional, moderna, vanguardista, acogedora, ruidosas y amables sus gentes, deliciosa, adorable. ¿Será que me he vuelto medio irlandesa?